No los informes médicos.
Sus días.
Hora de despertar.
Comidas.
Medicamentos.
Limpieza.
Productos utilizados.
Temperatura de las habitaciones.
Todo.
Porque los síntomas de los niños no parecían los de una enfermedad que simplemente aparecía.
Parecían niños expuestos constantemente a algo.
Algo pequeño.
Algo repetido.
Algo dentro de su ambiente.
A la mañana siguiente, hice una pregunta que nadie había hecho antes.
—¿Los niños mejoran cuando salen de la casa?
Vincent me miró sorprendido.
—¿Qué quieres decir?