En una ocasión me preguntó, delante de varios empleados, si nunca me cansaba de parecer una señora mayor.
Otra vez dijo que mis blusas cerradas y mis sacos largos le recordaban los uniformes de un convento.
Yo fingía no escuchar.
Pero esta vez no se trataba de una simple burla.
—Mauricio, sabes que no puedo usar un vestido así —le dije cuando me entregó la invitación.
Fue entonces cuando se inclinó sobre mi escritorio.
—Valeria, das asco. Nadie debería tener que verte así.
Y se marchó.
Me quedé inmóvil, apretando entre los dedos el chal gris que llevaba sobre los hombros.
Mauricio me lo había regalado tres Navidades atrás.
Todavía recordaba sus palabras al entregármelo.
—Para que puedas salir conmigo sin hacer sentir incómodas a las personas.
Yo le había dado las gracias.
Ahora, al recordarlo, sentí una vergüenza distinta. No por mis cicatrices, sino por todas las veces que había aceptado sus desprecios como si fueran gestos de preocupación.