Pero algo había cambiado.
Ya no me sentía obligada a esconderme.
En la mesa principal, una mujer mayor se levantó al vernos.
Era doña Elena Villaseñor, viuda de uno de los antiguos consejeros de la empresa.
Tenía el cabello blanco y llevaba un broche de zafiro.
Tomó mis manos entre las suyas.
—Mi esposo fue bombero durante treinta años —me dijo suavemente—. Pasé muchas noches acompañándolo en hospitales donde atendían a personas quemadas.
Me miró con una ternura que no esperaba.
—Sé reconocer esas marcas, hija. Son las cicatrices de alguien que tuvo el valor de entrar cuando los demás intentaban salir.
Sentí que se me cerraba la garganta.
No pude responder.
Solamente apreté sus manos.
Y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí comenzó a sanar.
Durante la cena apenas probé los alimentos.
Mauricio estaba sentado cerca del escenario, rígido, observándome constantemente.