Apretó los dedos alrededor de mi brazo.
Entonces Sebastián habló.
—Mauricio.
No levantó la voz.
No hizo falta.
Mi esposo soltó inmediatamente mi brazo.
—Señor Alcázar —dijo, transformando su expresión—. Qué gusto verlo. Disculpe esta situación. Mi esposa ha estado pasando por problemas emocionales y creo que no está en condiciones de asistir. Haré que alguien la lleve a casa.
Sebastián lo miró sin sonreír.
—Valeria es mi invitada esta noche.
Mauricio parpadeó.
—¿Su invitada?
—Sí. Y se sentará en mi mesa.
La sonrisa de Camila desapareció.
Mauricio abrió la boca, pero no encontró palabras.
Sebastián me ofreció el brazo nuevamente.
Entramos al salón sin mirar atrás.
El lugar estaba decorado con enormes candelabros, mesas cubiertas de manteles blancos y arreglos florales. Una pantalla gigante mostraba imágenes de los primeros diez años de la compañía.
A medida que caminábamos, sentía las miradas sobre mi espalda.