El silencio que siguió a mis palabras fue tan profundo que pude escuchar el tintineo de una cucharilla al caer sobre el mármol.
Gabriel Rossi se quedó inmóvil.
Su padre, Don Salvatore, me observaba como si acabara de ver regresar a alguien de entre los muertos.
Entonces ocurrió lo impensable.
El anciano comenzó a reír.
Primero fue una risa ronca, casi incrédula.
Después golpeó la mesa con su bastón.
—¡Por fin! ¡Alguien en esta ciudad todavía sabe hablar como una persona decente!
Los guardaespaldas intercambiaron miradas.
Gabriel parecía incapaz de comprender lo que estaba presenciando.
—Padre, ¿estás bien?
Salvatore lo ignoró.
Sus ojos permanecieron fijos en mí.
—Muchacha, ¿quién te enseñó nuestro dialecto?
—Un vecino, señor. Giuseppe Cosenza.
La sonrisa desapareció inmediatamente de su rostro.
El bastón resbaló entre sus dedos.
—¿Qué apellido has dicho?
—Cosenza.
Salvatore palideció.