Mi hija dejó de llorar de golpe.
Reconocí aquella postura.
Era exactamente la misma niña inmóvil que había llegado a mi puerta.
Alejandro señaló la cuatrimoto.
—Súbete.
Llamé inmediatamente a mi abogada, Valeria Mendoza.
—Encontré videos.
—¿Alejandro sabe?
—No.
—Entonces no le digas nada. Guarda los archivos originales y mándamelos sin modificarlos.
Obedecí.
Después abrí el siguiente.
Sofía volvió a subir.
Ya caminaba inclinada por el dolor.
La cuatrimoto avanzó hasta una curva y una rueda entró en una zanja.
Mi hija salió despedida.
Esta vez cayó con mucha más fuerza.
—¡Me duelen las piernas! —gritaba.
Alejandro la levantó sujetándola de ambos brazos.
Sus dedos quedaron exactamente sobre las zonas donde la doctora había documentado los moretones.
—¡Me estás lastimando!
—Entonces deja de moverte.
—Quiero un doctor.
—No.
—Quiero a mamá.
—No vamos a llamarla.
Luego vino el archivo que terminó de destruir cualquier explicación posible.
La cámara estaba dentro de la camioneta. Casi no había imagen, pero el audio era perfecto.
—Si tu mamá pregunta, te caíste de un columpio.
—Pero no había columpio.
—Da igual. Es más fácil.
—Eso es mentir.
—No. Es simplificar.
Sofía guardó silencio.
Alejandro continuó:
—Si tu mamá descubre lo de la cuatrimoto, se lo va a decir al juez. Y después tal vez ya no puedas venir conmigo.
—¿Nunca?
—Depende de lo que tú cuentes.
Sentí náuseas.
Por fin entendí por qué Sofía pensaba que decir la verdad podía hacer desaparecer a su padre.
Pero todavía faltaba algo.