MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

—Yo también tengo una cicatriz —dijo.

Se levantó la manga y me mostró una marca brillante que recorría parte de su antebrazo.

—Me quemé cuando era joven, trabajando en la cocina de un restaurante. ¿Qué te ocurrió a ti?

—Entré en un edificio que se estaba incendiando para salvar a alguien.

Ofelia me miró con una seriedad distinta.

—Entonces no tienes nada que esconder.

Me llevó hasta un perchero y sacó un vestido de seda azul zafiro.

Tenía un corte elegante, cerrado por delante y completamente abierto en la espalda hasta la cintura.

Me ayudó a probármelo.

Después me colocó frente a un espejo de tres cuerpos.

Mi primer impulso fue apartar la mirada.

Durante años había evitado observar mi espalda.

Me bañaba sin mirar demasiado los espejos y me cambiaba de ropa en habitaciones oscuras.

Había permitido que la expresión de Mauricio definiera la manera en que veía mi propio cuerpo.

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