MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

El jueves por la tarde entré en una pequeña boutique de vestidos llamada Casa Magnolia.

La había visto muchas veces al pasar, pero nunca me había atrevido a entrar.

Una costurera de unos sesenta años, llamada Ofelia, me recibió con una sonrisa.

Llevaba lentes sujetos con una cadena y un alfiletero alrededor de la muñeca.

—¿Qué buscamos, señorita?

—Un vestido para una gala.

—¿Algo especial?

Tragué saliva.

—Debe dejar la espalda descubierta.

Ofelia miró mi blusa de cuello alto y mi chal.

—Entonces vamos a tener que encontrar algo que te haga sentir cómoda, no solamente elegante.

Durante unos segundos dudé.

Después desabotoné mi blusa y me di la vuelta.

La tienda quedó en silencio.

Esperé escuchar una exclamación.

Esperé que apartara la mirada.

Esperé la expresión de lástima que había aprendido a reconocer en tantas personas.

Pero Ofelia se acercó con delicadeza.

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