Durante las siguientes tres semanas, me convertí en la mejor actriz de mi propia vida.
Fui a la notaría. Firmé los papeles. El dinero no tardó en llegar. 6.8 millones de pesos cayeron en mi cuenta la mañana del 12 de enero.
Mientras tanto, Daniela me mandaba mensajes por WhatsApp. “Oye, ¿crees que pueda ir a medir el balcón para las macetas?” “¿De qué color es la pared del pasillo? Necesito comprar la pintura.” “Mauricio dice que ya podemos empezar a mover las cajas de la cocina.”
Yo respondía con monosílabos. “Ahorita estoy en juntas.” “Luego te digo.” “Estoy muy cansada, hablemos mañana.”
Ellos interpretaron mi silencio como sumisión. Pensaron que yo, la “hermana responsable”, simplemente me estaba haciendo a un lado por el bien de la familia. No sabían que cada noche, después de llegar a mi departamento, yo empacaba.
Contraté a una empresa de mudanzas de lujo. Les pedí que vinieran un martes por la mañana, a las 8:00 AM, cuando todos están trabajando y los niños en la escuela. En cuatro horas, mi vida estaba dentro de 40 cajas. Dejé el departamento completamente vacío, barrido y limpio. Entregué las llaves al administrador del edificio y a Ernesto, mi agente. Me fui a vivir a un departamento amueblado en la Roma Norte que renté por meses. Tenía 6.8 millones en el banco y, por primera vez en siete años, respiré.
Llegó el sábado 18 de enero. El día de la supuesta mudanza de Daniela.
Yo estaba sentada en la terraza de mi nuevo departamento temporal, tomando un café, cuando mi teléfono empezó a vibrar. No era una llamada. Era un terremoto.
Daniela llegó a mi edificio con el camión de mudanza a las 10:00 AM. Don Arturo, el guardia de la caseta, la detuvo. –Disculpe, señora. No puedo dejar pasar el camión. –¿Cómo que no? –escuché después en los audios que me mandó mi madre–. ¡Mi hermana Valeria vive ahí! ¡Nos estamos mudando! –Señora, la administración me acaba de notificar que el departamento 402 está vacío. La propietaria, la señoría Valeria, ya no vive aquí y no hay ninguna autorización de acceso a su nombre ni a nombre de nadie más. El edificio ahora es propiedad de una corporativa.
Daniela entró en pánico. Primero me llamó a mí. “Valeria, ¿qué pasó? El guardia no nos deja entrar. ¿Es una broma?” No contesté.
Luego llamó a mi madre. Mi madre, confundida, me llamó a mí. “Hija, ¿qué está pasando? Daniela dice que el guardia…” Apagué el teléfono.
Lo encendí tres horas después. La pantalla estaba llena de notificaciones. 14 llamadas de Daniela. 31 llamadas de mi madre. 19 llamadas de mi padre. 15 llamadas de Mauricio. Total: 79 llamadas. Más de 40 mensajes de WhatsApp. Algunos insultando, otros suplicando, otros amenazando con demandarme.
Respiré hondo. Tomé mi teléfono, abrí el chat grupal de la familia (uno que usábamos para las fiestas y cumpleaños) y adjunté un solo documento PDF. Era la copia certificada de la escritura de compraventa de mi departamento, a nombre de Inversiones del Bajío S.A. de C.V., con fecha del 10 de enero.
Debajo del documento, escribí un solo mensaje:
“Ustedes regalaron mi casa. Yo la vendí. El departamento ya no es mío. Por favor, no vuelvan a contactarme para pedirme cosas. Los quiero, pero mi paz cuesta más que su comodidad.”
Bloqueé a Daniela. Bloqueé a Mauricio. Dejé a mis padres desbloqueados, pero en silencio.
Esa noche, mi padre logró contactarme por el teléfono fijo de mi oficina. Su voz temblaba. No era la voz seca y autoritaria de la cena de Navidad. Era la voz de un hombre que acababa de darse cuenta de que había cruzado una línea invisible.
–Valeria… hija. Tienes que arreglar esto. Tu hermana está llorando en mi sala. Mauricio está furioso. Ya le había dicho a su jefe que se iba a mudar. ¿Cómo puedes ser tan cruel?
Me recargué en el respaldo de mi silla. Miré por la ventana de mi oficina en Santa Fe. –Papá, la crueldad fue sentarse a cenar conmigo el 24 de diciembre, sabiendo que ya habían publicado en redes sociales que mi casa era de ellos. La crueldad fue decidir que mi esfuerzo sobra y que el fracaso de ellos es mi responsabilidad.
–Es tu hermana… tiene dos niños…