Sobre mi escritorio había un sobre color marfil con letras doradas. Era la invitación al décimo aniversario de Transportes Altamar, una importante empresa de logística con operaciones en Veracruz, Tampico y Manzanillo.
La celebración sería el sábado, a las siete de la noche, en el Gran Salón Imperial de Veracruz.
Al abrir la invitación, encontré una indicación que me dejó helada.
Todas las mujeres debían asistir con vestidos de espalda descubierta.
No se permitirían chales, capas, sacos ni prendas que cubrieran la espalda.
Sin excepciones.
Leí aquellas instrucciones varias veces.
Mi esposo, Mauricio Rivas, era director de operaciones de la compañía. Había sido él quien dejó la invitación sobre mi escritorio apenas unos minutos antes.
—Fue idea de Camila —me explicó con indiferencia—. Quiere una celebración elegante, moderna y diferente.
Camila Duarte era la directora de comunicación corporativa. Tenía treinta y un años, una figura que atraía miradas y una manera de sonreír que siempre me había parecido calculada. Desde que llegó a la empresa, dieciocho meses atrás, se había dedicado a hacer comentarios sobre mi ropa.