En treinta años vendiendo pan, nunca había echado a una clienta. Aquella mañana lo hice sin levantar la voz, pero con el corazón firme.
Me llamo Andrés, tengo 58 años y llevo casi toda mi vida detrás del mostrador de una panadería pequeña en Valladolid.
No es una panadería elegante.
Tiene un mostrador de cristal, unas estanterías de madera, una cafetera que ya hace más ruido del que debería y una campanita en la puerta que suena cada vez que entra alguien.
Pero para mí es mi casa.
Allí he visto crecer a niños, envejecer a vecinos y entrar a personas que no venían solo por pan. A veces venían porque necesitaban que alguien les dijera buenos días mirándolos a los ojos.
Eso también alimenta.
Cada mañana, más o menos a la misma hora, entraba Miguel.