La mano de Todd no acarició el vientre de mi hermana.
Lo agarró.
Del borde, como quien agarra una mentira por la esquina. Y tiró.
Se oyó un sonido pequeño, de velcro y de tela cediendo. Y entonces la enorme barriga de Becky —la que había acariciado durante toda la cena, la que llevaba meses creciendo delante de nuestras narices— se desprendió entera y cayó sobre la mesa.
Junto a la mantita rosa.
Junto al nombre de mi hija bordado en hilo dorado.
Era una prótesis. De silicona, color piel, con sus correas. El vientre falso de una mujer que debajo de la blusa ajustada tenía la cintura plana y vacía de siempre.
Nadie habló. Mi madre miraba la prótesis como se mira un cuerpo. Mi esposo, de pie, tenía la mano todavía en el aire, a medio camino de protegerme de algo que ya había explotado.