Me quedé sin palabras.
—¿Mi indemnización?
—Sí. Mauricio no podía colocar las acciones a su nombre porque tenía problemas con acreedores de un negocio anterior. Por eso quedaron registradas a tu nombre.
Recordé entonces una escena del hospital.
Era el noveno día después del incendio.
Mauricio estaba junto a mi cama con una carpeta.
Me acarició la frente y dijo:
—Son papeles del seguro, amor. Firma aquí y aquí. Yo me encargo de todo.
Yo apenas podía sostener la pluma.
Firmé.
Tiempo después le pregunté por el dinero de la indemnización.
Me aseguró que los abogados y los gastos médicos se habían llevado casi todo.
Le creí.
¿Por qué no habría de hacerlo?
Sebastián pasó a la siguiente página.
—Además, Mauricio obtuvo poderes para votar en representación de tus acciones. Esos documentos debían renovarse periódicamente.