Una mujer segura de sí misma podría exigir respeto.
Podría hacer preguntas.
Podría marcharse.
Él necesitaba que yo siguiera avergonzada, convencida de que nadie más me aceptaría.
Miré mis manos.
Ya no temblaban.
No volvería a esconderme para proteger la reputación de un hombre que había olvidado por qué seguía vivo.
No volvería a pedirle que me mirara.
Y no permitiría que utilizara mi sufrimiento para quitarme lo poco que me quedaba.
Me levanté y me acerqué al espejo.
Mi rostro estaba pálido, pero mis ojos tenían una expresión que no reconocía desde hacía mucho tiempo.
Entonces vibró mi teléfono.
Era un mensaje de Sebastián Alcázar.
El propietario mayoritario de Transportes Altamar.
Un empresario multimillonario de cuarenta y ocho años que había invertido en la compañía cuatro años atrás.