Mateo se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas en un instante.
Porque lo que vio no fue lo que esperaba.
El cuerpo de Valeria estaba cubierto de cicatrices.
No eran pocas ni pequeñas.
Eran marcas profundas, irregulares, que cruzaban su torso, sus piernas, sus brazos. Algunas eran gruesas y elevadas, otras finas como hilos de plata bajo la luz tenue de la habitación.
Valeria, al ver su reacción, bajó la cabeza con vergüenza. Sus manos intentaron cubrirse, pero Mateo fue más rápido.
Tomó sus manos con delicadeza y las apartó.
—No —susurró con la voz quebrada—. No las cubras.
—Mateo, yo… yo sé que son feas… —la voz de Valeria se quebró—. He intentado ocultarlas todo este tiempo. No quería que las vieras. No quería que sintieras…
—¿Asco? —preguntó él, arrodillándose frente a ella—. ¿Que sintiera asco?
Valeria no respondió, pero las lágrimas corrían por sus mejillas.
Mateo tomó su rostro entre sus manos y la miró a los ojos.
—Valeria, estas cicatrices no son feas. Son la prueba de que sobreviviste. Son la prueba de que luchaste cuando todos pensaron que no podrías. Son la prueba de que estás aquí, conmigo, esta noche.
Pasó sus dedos con ternura sobre una cicatriz en su hombro.
—Cada una de estas marcas cuenta una historia de valentía. Tú no eres una mujer rota. Eres una guerrera. Y yo… yo soy el hombre más afortunado del mundo porque me permites compartir tu vida.
Valeria rompió en sollozos, pero esta vez no eran de tristeza.
Eran de alivio.
Porque por primera vez en tres años, alguien no veía sus cicatrices como una tragedia.
Las veía como medallas de honor.
Mateo la abrazó con fuerza, y ella sintió que, en ese momento, algo dentro de ella se sanaba. No era una curación física —sabía que quizás nunca volvería a caminar—, pero era una curación del alma.
Por primera vez desde el accidente, se sintió completa.
Se sintió hermosa.
Se sintió amada.