Camila soltó una risita.
—¿Y las acciones?
Hubo un silencio.
—Eso ya está resuelto —respondió él—. No te preocupes.
Fruncí el ceño.
¿Acciones?
Yo no tenía acciones de Transportes Altamar.
Al menos eso creía.
Siempre había trabajado como analista financiera. Tenía un salario fijo, una credencial de empleada y un espacio de estacionamiento.
Nada más.
Retrocedí silenciosamente.
Caminé por el pasillo, entré al elevador y bajé hasta un baño casi abandonado del edificio.
Me encerré en el último cubículo.
Esperé a llorar.
Pero las lágrimas no llegaron.
Me quedé sentada, con el chal gris sobre las piernas, recordando cada operación, cada noche de dolor y cada vez que había pedido perdón por tener un cuerpo que mi esposo no quería mirar.
Durante años había creído que el amor consistía en soportarlo todo.
Ahora comprendía que Mauricio no quería verme recuperada.