Mi exmarido, Daniel, había prometido que podría quedarme unos días mientras encontraba un apartamento.
Pero, al parecer, había cambiado de opinión.
—Daniel dice que tienes que irte hoy —continuó mi suegra—. Esta casa pertenece a nuestra familia. No vamos a seguir manteniendo a una mujer divorciada.
Sentí un nudo en la garganta.
—No estoy pidiendo que me mantengan. Solo necesito un poco de tiempo para organizarme.
Ella soltó una carcajada.
—¿Tiempo? Has tenido siete años para prepararte.
En ese momento apareció mi cuñada, Patricia, con el teléfono en la mano.
—Mamá, ya está todo preparado. Voy a grabar cómo recoge sus cosas.
Me quedé mirándola.
—¿Por qué me estás grabando?
—Para que después no digas que te echamos sin motivo.
Me mordí los labios.
No quería discutir.
Subí a la habitación, metí mi ropa en dos maletas y guardé algunos recuerdos en una bolsa pequeña. No me llevé nada que no fuera mío.