—Hay alguien muy especial en este avión… alguien que significa todo para mí.
Cuando escuché a mi esposo decir eso por los altavoces, mi hijo Mateo me apretó la mano con tanta emoción que casi gritó.
—¡Mamá, ya sabe que estamos aquí!
Yo también quise creerlo.
Pero la voz de Alejandro no sonaba como la de un hombre que acababa de descubrir una sorpresa familiar.
Sonaba demasiado seria.
Mi esposo llevaba casi nueve años trabajando como piloto comercial, pero Mateo, de siete años, jamás había viajado en un avión comandado por su papá.
Para él, Alejandro era casi un superhéroe.
Cada vez que salía uniformado de nuestra casa en Querétaro rumbo al aeropuerto, Mateo corría detrás de él.
—¿Hoy vas a volar uno grande?
—Depende de lo que tú consideres grande —respondía Alejandro riéndose.
—¿Los pasajeros saben que eres mi papá?