El segundo archivo no explicaba con una sola frase qué había hecho Diego, pero sí dejaba algo claro: durante meses había movido dinero sin contarme nada.
Los 190,000 pesos no habían salido de golpe.
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Eran varios movimientos hechos en fechas distintas, algunos pequeños y otros lo bastante grandes como para que yo tuviera que revisar dos veces las cantidades.
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Paula acercó su silla mientras yo recorría las páginas con el dedo.
—¿Tú sabías de esto?
Negué con la cabeza.
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Reconocí de inmediato la cuenta de origen porque era una de las cuentas que usábamos para los gastos de la casa y para guardar una parte de nuestros ahorros.
Lo que no reconocía era el destino de varios movimientos.
En la documentación aparecía otra cuenta vinculada a Diego.
No estaba a nombre de Daniela.
Eso, por alguna razón, me inquietó todavía más.
Daniela volvió a escribirme antes de que pudiera responderle.
“Él me dijo que ese dinero era suyo desde antes del matrimonio. También me dijo que tú sabías que estaba preparando la separación.”
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Miré a Paula.
—Yo no sabía absolutamente nada.
Mi hermana tomó aire, pero no dijo lo que las dos estábamos pensando.
Diego no solo había preparado una vida sin mí.
Había preparado versiones distintas de esa vida para cada persona.
A sus padres les había dicho que yo estaba deprimida y que necesitaba espacio.
A Daniela le había contado que nuestra separación era prácticamente un acuerdo.
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A mí me seguía llevando margaritas del súper y diciendo que extrañaba a “sus mujeres”.
Todo al mismo tiempo.
Respondí a Daniela con una sola pregunta.
“¿Por qué me estás mandando esto?”
Tardó varios minutos.
“Porque hoy descubrí que también me mintió.”
Después llegó otro mensaje.
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