—Y yo te dije que podía ayudarte.
Entró, dejó la caja en el suelo y observó el apartamento.
—Te ha quedado bonito.
—Gracias.
Se acercó al balcón y miró las plantas.
—¿Estás feliz?
Me quedé pensando.
No quería darle una respuesta automática.
Había días en los que todavía me dolía recordar mi matrimonio. Había noches en las que me preguntaba cómo habría sido mi vida si Daniel hubiera sido diferente.
Pero ya no me despertaba con miedo.
Ya no medía cada palabra para evitar una discusión.
Ya no esperaba que alguien me concediera permiso para sentirme en casa.
—Sí, papá —respondí finalmente—. Creo que estoy aprendiendo a ser feliz otra vez.
Él sonrió.
Después sacó algo del bolsillo de su abrigo.
Era una pequeña fotografía de mi abuela.
—Tu abuela siempre decía que una mujer nunca debe quedarse en un lugar donde tiene que suplicar para que la respeten.