Mientras tanto, los abogados comenzaron a revisar el acuerdo.
Descubrieron que mi aportación inicial había sido considerablemente mayor de lo que yo recordaba. También encontraron transferencias posteriores relacionadas con la reforma de la vivienda y con varios pagos que Daniel había prometido devolver.
El acuerdo no significaba automáticamente que yo fuera propietaria de una parte de la casa ni que tuviera derecho a cualquier cantidad que mi padre mencionara. Todo debía comprobarse conforme a los documentos, las cuentas y la legislación aplicable.
Pero había algo importante: existían pruebas.
Y Daniel ya no podía fingir que nunca había recibido aquel dinero.
Un mes después, recibimos una propuesta de negociación.
Daniel quería resolver el asunto sin llegar a juicio.
Mi abogado me explicó las condiciones y me recomendó no aceptar nada sin revisar cada cifra.
Leí el documento varias veces.