Adrián Valcárcel volvió a mirar el documento que Lucía Serrano acababa de poner en sus manos. El nombre de Clara Montenegro seguía escrito allí, pero había algo que no podía dejar de mirar: la fecha.
Tres semanas antes del disparo.
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Durante seis meses había pensado que su vida había cambiado en aquella salida de una cena empresarial en Marbella, cuando una bala atravesó su espalda y lo dejó dependiendo de una silla de ruedas. Había aceptado que la recuperación sería lenta, que cada movimiento tendría que volver a aprenderlo y que necesitaría paciencia para recuperar parte de la independencia que había perdido.
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Pero aquel papel abría una pregunta diferente.