Volvimos al hotel dekara nuestra luna de miel y la recepcionista dijo: “Bienvenido de nuevo”

Antes de inclinarse junto a Abril, Julián se lanzó hacia el recipiente negro, lo sujetó por el asa y trató de meterlo detrás de un mueble del vestíbulo.

Valeria lo vio desde arriba y comprendió algo peor que la indiferencia: su esposo sabía exactamente qué objeto tenía que desaparecer.

—Déjalo ahí —dijo ella.

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Julián levantó la cabeza.

—Tú cállate.

Abril seguía tendida sobre el mármol, respirando con dificultad después de los golpes, pero abrió los ojos cuando escuchó a su hermano.

Luego miró el recipiente.

—No lo escondas —murmuró—. Mamá hizo lo mismo cuando murió mi papá.

Julián se quedó inmóvil.

Doña Graciela giró hacia su hija con una expresión que Valeria nunca le había visto.

No era preocupación.

Era miedo.

—Estás confundida por el golpe —dijo Graciela—. No sabes lo que estás diciendo.

Abril apretó los dientes.

—Sí sé.

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