Pero la palabra estimación no me consoló.
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Porque la única certeza que pude extraer de aquella conversación era que el tiempo que imaginaba tener quizá ya se había agotado.
Miré hacia la ventana del consultorio.
Había luz al otro lado del cristal.
Recuerdo que me sorprendió la normalidad de aquella claridad.
Pensé que, para una noticia semejante, el mundo debería oscurecerse o detenerse de alguna manera.
Pero nada cambió.
El consultorio seguía oliendo a desinfectante.
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La carpeta continuaba sobre el escritorio.
El médico seguía sentado frente a mí.
Y yo acababa de descubrir que probablemente no tendría tiempo para terminar la vida que había planeado.
—¿Hay alguien que pueda acompañarte a casa? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
Tenía el teléfono en el bolso.
Dentro había decenas de contactos.
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Familiares.
Amigos de la infancia.