PARTE 2
Cerré la puerta del baño y me miré al espejo.
El cabello empapado. La piel enrojecida. Los ojos… secos.
Sin lágrimas.
Ya no quedaba nada que llorar.
Me quité la ropa manchada, la metí en una bolsa de plástico y la até con fuerza. Esa bolsa era prueba. No de lo que me habían hecho… sino de lo que yo iba a hacer.
Salí de la casa de Camila sin decir una palabra más.
Diego me alcanzó en el coche.
—Lucía, espera. Exageraste. Solo era un plato de sopa.
Me detuve.
Giré lentamente.
—¿Un plato de sopa? —repetí.
Asintió, como si fuera obvio.
—Sí. Ya sabes cómo es Camila. Se deja llevar. Pero es tu familia.
Sentí algo romperse dentro de mí. Pero no era dolor. Era liberación.
—No es mi familia —dije en voz baja—. Y tú… ya no eres mi esposo.
Subí a un taxi.
No miré atrás.