—Andrés.
No sabía si acercarme.
Fue ella quien sonrió primero.
—Qué raro.
—Sí.
—¿Vacaciones?
—Trabajo.
—Claro.
Seguías siendo incapaz de ir a un lugar bonito por gusto.
Me reí.
—Y tú sigues criticando rápido.
—Algunas cosas sobreviven al divorcio.
Pedí permiso con la mirada.
Señaló la silla.
Me senté.
Lo que empezó como diez minutos terminó en tres horas.
Hablamos del trabajo.
De amigos.
De nuestras madres.
De un viaje desastroso a Oaxaca donde perdimos una maleta.
Nos reímos de cosas que durante el matrimonio habrían terminado en discusión.
Eso fue lo peligroso.
No el alcohol.
No la nostalgia.
La facilidad.
Mariana seguía sabiendo cuándo yo iba a interrumpir.
Yo seguía sabiendo cuándo ella estaba a punto de cambiar de tema.
En algún momento dijo:
—Éramos mejores después de divorciarnos.
—Nos vemos una vez cada tres años.