—¡No puedes simplemente decidir morir!
—No estoy decidiendo morir.
Estoy decidiendo cómo vivir lo que queda.
—¡Eso es rendirte!
—No.
Es dejar de hacer cosas que otros necesitan que haga para sentirse mejor.
Me callé.
Porque entendí que “otros” me incluía.
Me senté.
—Entonces dime qué necesitas.
Mariana lloró.
—Ayúdame a cerrar lo de Ramiro.
Así empezó la segunda parte de aquella historia.
Entregamos la documentación a una unidad de delitos financieros y a los abogados corporativos externos.
No hice de detective.
No confronté a mi jefe.
No llevé una grabadora escondida.
Hice exactamente lo que los investigadores pidieron.
Entregué correos legítimos a los que tenía acceso.
Expliqué cómo funcionaban ciertos contratos.
Identifiqué empresas.
Y luego me aparté.
La investigación tardó meses.
Ramiro fue suspendido.
Después despedido.
Más adelante aparecieron cargos relacionados con fraude, sobornos y desvío de fondos.