Abrió los ojos.
—Eso fue hace años.
—Entonces olvidaste cambiarlo.
—Supongo.
Esperé.
—¿Desde cuándo sabes?
Mariana giró la cara.
—Bastante.
—¿Cuánto?
—Nueve meses.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque ya no eras mi marido.
—Eso nunca te habría impedido llamarme.
—Precisamente.
—¿Qué significa eso?
Se quedó callada.
—Mariana, aquella noche…
—No.
—Sí.
Me miró.
—No la conviertas en algo que no fue.
—Entonces dime qué fue.
Sus ojos se llenaron.
—Una despedida.
Eso me dejó helado.
—¿Sabías que yo estaría en Cancún?
No respondió.
—Mariana.
—Sí.
—¿Cómo?
—Isabel.
Una amiga en común.
Le pregunté si seguías trabajando con esa constructora.
Ella me contó del proyecto.
Sentí una mezcla de rabia y miedo.
—¿Fuiste a ese bar porque sabías que yo estaba cerca?
—Sí.
—¿Querías verme?
—Sí.
—¿Y acostarte conmigo?
Lágrimas.
—No lo planeé exactamente así.
—Pero querías una última noche.