Pero un poco de respeto puede devolverle a alguien las ganas de volver a entrar.
Por eso, si algún día pasas por una panadería de barrio y ves a alguien con ropa de trabajo esperando su turno, míralo bien.
Quizá esa persona construyó la casa donde alguien duerme tranquilo.
Quizá arregló una pared, cargó un saco, levantó un techo o sostuvo a una familia entera sin hacer ruido.
Quizá solo quiere comprar algo para llevarle a su hija.
Y quizá lo único que necesita, además de pan, es que nadie le haga sentir que sobra.
En mi panadería, desde aquel día, la regla quedó clara.
La harina se limpia.
El polvo se sacude.
Las monedas se cuentan.
El pan se acaba.
Pero la dignidad no se negocia.
Y mientras yo pueda levantar la persiana cada mañana, la campanita sonará igual para todos.