Me despedía de mi nieta frente a todo el pueblo cuando, al alisar su vestido dentro del ataúd, apareció una pequeña fotografía que nadie reconocía. “No voy a enterrarla sin saber qué significa esto”, dije y guardé la imagen. Dos días después terminé en el hospital, pero antes de rendirme un investigador encontró a la joven de la foto… y su relación con mi hijo me dejó sin palabras.

PARTE 1

—Una vela es por mi nieta… y la otra es por mí, porque después de enterrarla ya no tengo nada que hacer en este mundo.

Don Aurelio Mendoza pronunció aquellas palabras frente al altar de una pequeña iglesia de Michoacán, con dos veladoras temblando entre sus manos. Tenía setenta y cinco años, la espalda vencida y los ojos hinchados de tanto llorar.

El sacristán lo miró alarmado.

—Pero usted sigue vivo, don Aurelio.

—Por ahora.

Al día siguiente enterraría a Daniela, su nieta de dieciséis años y la última persona que todavía lo visitaba.

Su esposa había muerto diez años atrás de un infarto. Poco después perdió a su único hijo, Mauricio, en un accidente carretero. Con su nuera, Patricia, nunca había tenido buena relación. Tras la muerte de Mauricio, la mujer se hundió en el alcohol y dejó prácticamente sola a Daniela.

La muchacha, en cambio, jamás abandonó al abuelo. Dos o tres veces al año tomaba el autobús desde Morelia para visitarlo en el pueblo.

Tres días antes, Daniela había salido a caminar hacia el río. Nunca regresó.

La encontraron en la orilla, inmóvil. Los paramédicos intentaron reanimarla, pero un problema cardíaco congénito terminó con su vida.

Esa noche, Aurelio tomó una decisión terrible.

Enterraría a Daniela y, después, simplemente dejaría de luchar.

Sin embargo, mientras dormía, soñó con Mauricio.

Su hijo estaba frente a él, exactamente como lo recordaba.

—Papá, todavía no puedes venir conmigo.

—¿Por qué no? Ya no me queda nadie.

Mauricio bajó la mirada.

—Porque tienes una nieta. Encuéntrala.

Aurelio sintió que la sangre se le congelaba.

—Daniela murió.

Entonces Mauricio dijo algo que lo hizo despertar gritando:

—Daniela no es la nieta de la que estoy hablando.

Aurelio se incorporó empapado en sudor.

Se convenció de que había sido producto del dolor.

Pero al día siguiente, durante el funeral, ocurrió algo imposible de ignorar.

Cuando estaban a punto de bajar el ataúd, Aurelio pidió verlo abierto una última vez.

Daniela llevaba un vestido blanco. Él acarició la tela con ternura, acomodando un pliegue… y sintió algo escondido debajo.

Era una fotografía pequeña.

Mostraba a una niña rubia, de unos diez años, sonriendo frente a una cámara.

Aurelio casi cayó de rodillas.

—¿Quién puso esto aquí?

Nadie respondió.

Preguntó a las vecinas que habían vestido el cuerpo. Preguntó a los empleados de la funeraria. Preguntó al sacerdote.

Todos aseguraron no saber nada.

Durante el velorio, varios murmuraban que el viejo se estaba volviendo loco de dolor.

Pero Aurelio ya no escuchaba.

Solo podía recordar las palabras de Mauricio:

“Tienes una nieta. Encuéntrala”.

Esa misma noche comprendió quién podía conocer la respuesta.

Patricia.

La mujer de su hijo.

La madre que ni siquiera se había presentado al funeral de Daniela.

A la mañana siguiente tomó el primer autobús a Morelia.

Cuando Patricia abrió la puerta, Aurelio tardó varios segundos en reconocerla. Estaba demacrada, con el cabello sucio, los ojos hinchados y un fuerte olor a alcohol.

—¿Qué quieres, viejo?

—Quiero saber por qué no fuiste al entierro de tu hija.

Patricia soltó una carcajada desagradable.

—¿Mi hija? Daniela nunca fue hija mía.

Aurelio sintió que el piso desaparecía debajo de sus pies.

Patricia se apoyó contra la puerta y remató, sin una pizca de culpa:

—Mauricio la sacó de un orfanato cuando tenía un año. Ni siquiera era sangre de nuestra sangre.

Entonces Aurelio comprendió que el sueño, la fotografía y aquellas palabras de su hijo podían estar relacionados.

Pero lo peor todavía no se lo había contado.

PARTE 2

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *