—He pensado mucho en lo que pasó.
Yo seguí callado.
A veces, si uno habla demasiado pronto, tapa lo importante.
—No vengo a justificarme —dijo—. Me porté mal.
Aquella frase, dicha así, sin adorno, me sorprendió.
Porque hay personas que confunden pedir perdón con explicar por qué tenían razón.
Pero ella no lo hizo.
—Me llamo Teresa —añadió—. Mi padre fue albañil.
Levanté los ojos.
—Lo fue toda su vida. Llegaba a casa con las botas llenas de polvo. Mi madre ponía periódicos en la entrada para que no ensuciara el suelo. Yo de niña me colgaba de su cuello sin importarme la ropa.
Se le quebró un poco la voz.
—Y el otro día, cuando vi a ese hombre, no vi a mi padre. Vi solo las botas. No sé en qué momento me convertí en alguien así.
La panadería estaba casi vacía.