Desde afuera, nuestra vida parecía perfecta.
Por dentro, llevaba años sintiéndome como un mueble caro que Dominik había comprado para decorar su éxito.
Aquella noche, mientras terminaba de arreglarse el esmoquin, le pregunté:
—¿Vas a la gala de invierno de Meridian?
—Sí.
—¿Y por qué no me avisaste para preparar mi vestido?
Dominik ni siquiera se volvió.
—Porque no vas a acompañarme.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Entonces con quién vas?
Se acomodó el reloj y respondió tranquilamente:
—Con Veronika.
Veronika Kvitka.
Su joven vicepresidenta de relaciones públicas. La mujer cuyo perfume llevaba meses encontrando en sus camisas. La misma que sonreía frente a mí durante las cenas de empresa y me llamaba cariñosamente «querida Evgenia».
—¿Vas a presentarla públicamente como tu pareja? —pregunté.
Dominik suspiró con impaciencia.
—Ya no quiero seguir fingiendo. Quiero el divorcio.
Me quedé inmóvil.