Artur nunca pudo despedirse de su nieto.
Le dijeron que el entierro había sido privado.
Que no debía acudir porque el pequeño había sufrido una infección peligrosa.
—Me entregaron una caja cerrada —dijo Artur—. Y durante años creí que mi nieto estaba dentro.
Miré la fotografía.
—¿Y después descubrió que no era cierto?
Artur asintió.
—Hace seis meses recibí una carta anónima. Alguien me informó de que Daniel había sobrevivido.
Me quedé sin palabras.
—¿Quién era?
—Todavía no lo sé con certeza.
Abrió la tercera carpeta.
Dentro había informes antiguos, documentos médicos y varias cartas.
—Al parecer, una enfermera que trabajaba en el hospital descubrió que Richard había utilizado documentos falsificados para ocultar el traslado del niño a otra institución.
—¿Por qué haría algo así?
Artur me miró directamente.
—Porque Daniel era el heredero de una parte importante de mi patrimonio. Y Richard quería controlar la empresa sin tener que compartirla con su propio hijo.