El día de la prueba final me invitaron a acompañarlo.
Llegué con Max.
Walter estaba sentado frente a un espejo.
La prótesis estaba colocada.
El fisioterapeuta le explicó cómo distribuir el peso y cómo dar los primeros pasos con seguridad.
—Cuando esté preparado, don Walter.
El anciano respiró profundamente.
Apoyó las manos sobre las barras paralelas.
Se levantó.
Primero un paso.
Después otro.
Sus piernas temblaban.
Pero permaneció de pie.
Mariana comenzó a llorar.
Yo sentí que se me humedecían los ojos.
Walter dio un tercer paso.
Y entonces miró hacia Max.
—¡Mírame, compañero!
Max movió la cola.
Walter soltó una carcajada.
—¡Todavía no estoy acabado!
Todos reímos.
Después se sentó, agotado.
Pero estaba sonriendo.
Era una sonrisa distinta.
La sonrisa de alguien que volvía a creer que tenía futuro.
9. El secreto que Max había despertado
Una semana después, Walter me llamó.