—¿Qué están buscando?
Papá miró hacia la casa antes de responder.
—Documentos.
—¿Qué documentos?
—Ven conmigo.
Caminamos hasta su antiguo taller.
Derek lo había convertido en almacén. Las herramientas de mi padre estaban amontonadas en cajas, como si cuarenta años de trabajo no valieran nada.
Papá apartó un viejo banco de madera.
Debajo había una pequeña trampilla.
La llave oxidada encajó perfectamente.
Dentro encontramos una caja metálica.
Papá la sacó con ambas manos.
—Tu abuelo me dio esta llave cuando cumplí veinticinco años.
Abrió la caja.
Había fotografías, cartas, recibos antiguos y una carpeta envuelta en plástico.
—Derek cree que aquí está la escritura original de la casa —dijo.
—¿No está?
Papá negó.
—Eso es lo que quiero que él crea.
Lo miré sorprendido.
Entonces sacó una carta amarillenta.
—Tu hermano lleva meses intentando convencernos de vender. Dice que la casa necesita demasiadas reparaciones.
—¿Y Verónica?
Papá soltó una risa amarga.
—Ella encontró algo.
Era un plano antiguo de nuestra propiedad.
Pero el terreno dibujado era mucho más grande de lo que recordaba.
Nuestra casa ocupaba apenas una parte.
Detrás aparecía una parcela que se extendía hasta una antigua carretera secundaria.
—¿Todo esto era del abuelo?
—Sí.
—¿Y ahora?
Papá me miró.
—Eso es lo que Derek quiere saber.
En ese momento apareció mamá.
Cuando me vio, se llevó ambas manos a la boca.
—¡Hijo!
La abracé.
Estaba más delgada.
—¿Por qué no me contaste nada?