El ruido volvió a escucharse.
Un pequeño gemido.
Después, algo arañó débilmente el interior de la bolsa.
Sophie se quedó inmóvil.
Yo también.
Miré al perro. Por primera vez desde que habíamos llegado, dejó de gruñir. Levantó las orejas y volvió la cabeza hacia la bolsa.
Entonces emitió un sonido diferente.
No era un gruñido.
Era un gemido suave, casi suplicante.
—Julien… —susurró Sophie—. Hay algo vivo ahí dentro.
El perro dio un paso hacia ella y volvió a mostrar los dientes.
—Tranquilo, muchacho —dijo Sophie, arrodillándose lentamente—. No vamos a hacerle daño.
El animal no apartaba los ojos de sus manos.
Me acerqué unos centímetros.
—Tenemos que abrirla.
—Espera —respondió ella—. Si cree que vamos a quitársela, puede morder de nuevo.
Sophie dejó una golosina en el suelo y retrocedió.
El perro la olfateó, pero no la tocó.