Había aceptado:
—Clara no soportó las reglas de nuestra familia y quiso divorciarse.
Como si nuestra vida de tres años pudiera resumirse en una frase ajena.
Aquello no me absolvía de lo que ella había hecho.
Pero destruía la versión cómoda donde yo era la única víctima.
Daniel salió del automóvil.
—¿Señor Reed?
—¿Sí?
—¿Subimos?
Miré la puerta.
—No.
—¿Está seguro?
—Ella dijo que me fuera.
Daniel pareció sorprendido.
Probablemente el Sebastian Reed que conocía no aceptaba fácilmente una puerta cerrada.
Yo tampoco.
Pero aquella no era una negociación empresarial.
—Vamos al hotel.
En el coche revisé las fotografías otra vez.
Theo.
La niña.
—¿Cómo se llama ella?
pregunté.
Daniel revisó.
—Lily Monroe.
Monroe.
No Reed.
Mi apellido no aparecía en ninguna parte.
—¿Quién figura como padre?
—No consta.
—¿Ningún nombre?