No estaban equivocados.
—¿Te vas a quedar?
Preguntó Lily.
—Hoy un rato.
—No.
Negó.
—Digo para siempre.
Me quedé callado.
Clara también.
—Voy a estar en sus vidas.
Dije finalmente.
—Si ustedes quieren conocerme.
Theo respondió:
—Quiero.
Lily pensó más.
—Yo también, pero despacio.
Clara tuvo que girarse para esconder una sonrisa.
Yo asentí solemnemente.
—Despacio.
La primera visita duró una hora.
Jugué con bloques.
Perdí contra un niño de tres años porque cambió las reglas cada treinta segundos.
Lily me enseñó sus dibujos.
Había uno de una familia.
Tres personas.
Mamá.
Theo.
Ella.
Ningún padre.
No debería haberme dolido.
Pero dolió.
Antes de irme Theo dijo:
—¿Vuelves mañana?
Miré a Clara.
Ella respondió:
—Mañana no.
Theo frunció el ceño.
—¿Pasado?
Clara me miró.
—Puede.
Ese “puede” significó más de lo que esperaba.
El abogado de familia se llamaba Matthew Grant.