—Está en una caja de seguridad del Banco Agrícola de la capital —respondió, frotándose los ojos—. La pagué por adelantado por veinte años utilizando el dinero del soborno que me dio don Julián. La llave está escondida, pero el banco exige una orden judicial o la presencia física del titular con huella dactilar para abrir la bóveda.
Apreté la mandíbula con frustración.
Un banco en la capital. El terreno absoluto de los Mendoza.
Si Beltrán ponía un pie en una sucursal bancaria de la capital, las alertas de seguridad del consorcio financiero de Mateo se activarían en menos de diez minutos.
—Hay otra forma —continuó Beltrán, levantando un dedo sarmentoso—. La clínica donde Camila tuvo la complicación… el quirófano tres… no fue el único lugar donde se registró la intervención.
Me incliné levemente sobre la mesa: