El heredero de la infamia

Beltrán levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre.

—¿Sabes lo que estás pidiendo? —susurró con un escalofrío—. Si ese documento sale a la luz pública, no solo se destruirá la memoria de Julián Mendoza. Se destruirá la presidencia del conglomerado industrial y el propio Mateo quedará ante el país entero como el imbécil que ayudó a su padre a encubrir un embarazo incestuoso mientras destruía a su propia mujer.

—Ese es exactamente el objetivo, Salvador —respondí con una calma sepulcral que lo hizo estremecerse.

Beltrán me contempló durante un largo rato, buscando algún atisbo de duda en mi semblante.

No encontró ninguno.

Solo la determinación implacable de una madre a la que le arrebataron todo.

El anciano suspiró pesadamente, apoyando los codos sobre la mesa sucia.

—No la tengo aquí —dijo finalmente en voz muy baja.

—¿Dónde está? —exigí sin alterar el tono.

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