El doctor Salvador Beltrán.
Apenas conservaba una sombra del médico pulcro y elegante que una vez administraba anestesia en los quirófanos más exclusivos del país.
—¿Quién es? —preguntó con una voz rasposa, cargada de una desconfianza enfermiza—. No compro nada. Váyase.
—Salvador —pronuncié su nombre con voz clara y pausada.
El anciano entrecerró los ojos miopes, intentando enfocar mi figura en la penumbra del callejón.
De pronto, su respiración se detuvo de golpe.
Sus pupilas se contrajeron por un terror tan súbito que su mano izquierda comenzó a temblar visiblemente sobre el marco de la puerta.
—Va… Valeria… —balbuceó con la mandíbula descolgada—. No… no puede ser. Tú estás muerta. Ellos dijeron que habías muerto en un psiquiátrico del sur.
—Sigo viva, Salvador —dije, dando medio paso hacia la rendija para que pudiera ver claramente la cicatriz que bajaba por mi antebrazo derecho—. Aunque tu silencio intentó enterrarme hace diez años.