Busqué el número catorce.
Era una casa baja con la fachada de cal desconchada y persianas de madera podridas por el salitre.
Me acerqué a la puerta y llamé tres veces con los nudillos de mi mano izquierda.
El sonido resonó hueco en el interior.
Esperé un minuto entero mientras el viento frío de la tarde comenzaba a calarme los huesos.
Estaba a punto de golpear de nuevo cuando escuché el arrastrar pausado de unas zapatillas de fieltro tras la madera.
El cerrojo chirrió con dificultad.
La puerta se abrió apenas unos centímetros, sujeta por una cadena de seguridad de bronce oxidado.
A través de la rendija, apareció el rostro de un anciano decrépito.
Tenía el cabello ralo y completamente blanco, la piel cetrina manchada por los excesos del alcohol y los ojos hundidos en cuencas oscuras y acuosas.
Llevaba una bata de franela sucia manchada de ceniza de tabaco.