Seguí leyendo.
“Mamá, el testamento que Chloe conoce no es el último.”
Tuve que detenerme.
Volví a leer aquella frase tres veces.
Leo explicaba que meses antes de enfermar había descubierto movimientos extraños en varias cuentas de su empresa.
Transferencias pequeñas al principio.
Después cantidades mayores.
Todas vinculadas indirectamente a una sociedad que él no reconocía.
Cuando investigó, encontró un nombre detrás de ella.
Chloe.
Pero no la enfrentó.
En lugar de eso, contrató discretamente a un abogado y reorganizó sus bienes.
Conecté la memoria USB al viejo portátil de la cabaña.
Había contratos.
Extractos.
Correos.
Y un vídeo grabado por Leo.
Cuando apareció su rostro en la pantalla, tuve que taparme la boca.
Estaba más delgado.
Cansado.
Pero sonreía.
—Hola, mamá.
Las lágrimas finalmente llegaron.
—Si estás viendo esto, probablemente ya me fui.
Respiró profundamente.
—Y Chloe probablemente cree que ganó.
Leo explicó que la mansión de cuatro millones sí figuraba en el testamento que Chloe había presentado.
Pero existía un problema.
La casa nunca había pertenecido personalmente a Leo.
Dos años antes había sido transferida a un fideicomiso familiar.
Y yo era la beneficiaria principal.
Me quedé inmóvil.