El heredero de la infamia

Recordé las luces cegadoras de las cámaras que los hombres contratados por Mateo instalaron en las esquinas de la sala de partos.

Recordé los gemidos desgarradores que salían de mi garganta mientras pujaba completamente sola, atada a los estribos metálicos de una clínica privada clandestina a la que me habían trasladado por la fuerza.

Y recordé la risa burlona de los camarógrafos transmitiendo en directo por la red:

«Miren a la prestigiosa cirujana que arruinó a la señorita Camila. Ahora pare como un animal ante todo el país».

El autobús frenó en seco, sacándome del abismo de mis recuerdos.

Habíamos llegado a la parada del Puerto de Santa María.

Descendí pisando charcos de agua estancada y restos de escamas de pescado.

El Callejón de las Ánimas era una callejuela angosta y húmeda, donde la ropa tendida entre los balcones bloqueaba casi por completo la luz del cielo crepuscular.

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