Y esa negativa fue mi sentencia de muerte.
Julián simplemente ordenó falsificar mi rúbrica en el informe, y Beltrán guardó un silencio cómplice a cambio de la cancelación inmediata de sus deudas financieras.
Si Beltrán seguía con vida en aquel callejón olvidado, él tenía en su poder una copia del libro de incidencias anestésicas que todo profesional sensato oculta como seguro de vida cuando trabaja para delincuentes de cuello blanco.
Me quité la bata blanca y me puse una chaqueta oscura de lana gruesa.
Oculté el brazo derecho dentro del bolsillo de la chaqueta para evitar que el viento marino me provocara los habituales calambres nerviosos.
Tomé mi bolso de lona, asegurándome de llevar suficiente dinero en efectivo para pagar el autobús interurbano y el billete de vuelta.
Antes de salir, me acerqué nuevamente a la urna de nogal.