El heredero de la infamia

A las dos de la tarde, cuando la última paciente se retiró tras recibir sus tabletas de sulfato ferroso, volví a cerrar la puerta con cerrojo.

El silencio volvió a adueñarse de la estancia.

Fui al cuarto trasero que me servía de vivienda modesta.

Sobre la mesa de pino descansaba una pequeña libreta telefónica con tapas de cuero negro que no abría desde hacía años.

Pasé las páginas hasta llegar a la letra “B”.

Doctor Salvador Beltrán. Especialidad: Anestesiología y Reanimación.

Debajo de su nombre figuraba un número fijo tachado varias veces y una dirección escrita con tinta azul desvaída:

Callejón de las Ánimas, número 14. Puerto de Santa María.

Un pueblo pesquero a sesenta kilómetros hacia el sur, aún más aislado y decadente que este.

Beltrán era un hombre cobarde, pero no era un monstruo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *