Dejé que el teléfono sonara tres veces antes de contestar.
—Mamá, ¿qué demonios estás haciendo? —gritó Trevor.
Su voz ya no tenía aquella arrogancia de la noche anterior. Había algo diferente. Miedo.
—Buenos días, hijo —respondí tranquilamente—. ¿Dormiste bien?
—¡Hay un agente inmobiliario frente a mi casa! ¡Dice que tenemos que desalojarla! ¡Dime que es una broma!
Miré los documentos sobre mi escritorio.
—No es tu casa, Trevor. Nunca lo fue.
Hubo un silencio tan profundo que pude escuchar su respiración.
—Me dijiste que era mía.
—Te dije que podías vivir allí. Nunca te entregué la propiedad.
—¡Soy tu hijo!
Aquellas palabras me hicieron cerrar los ojos.
Durante treinta años había utilizado esa misma frase para justificarlo todo. Sus errores, sus deudas, sus mentiras y su desprecio.
Pero la noche anterior había aprendido que ser madre no significaba aceptar cualquier humillación.