«Clausúralo», pensé con un desprecio tan puro que me quemaba las entrañas.
«Haz lo que quieras con estas cuatro paredes de cal. Tú mismo estás cavando la fosa donde vas a enterrar tu propio apellido».
—Haz lo que tengas que hacer, Mateo —respondí con una serenidad glacial—. Pero ahora, sal de mi consulta. Afuera ya hay una madre con un niño con fiebre esperando ser atendido.
Mateo me sostuvo la mirada durante varios segundos agónicos.
Buscaba desesperadamente en mi rostro algún rastro de la Valeria sumisa del pasado, la mujer que lloraba desconsolada rogando que creyera en su inocencia mientras él le daba la espalda.
No encontró nada.
Solo un páramo desierto cubierto de hielo.
Con un movimiento brusco, cerró de golpe el estuche de terciopelo, haciendo resonar el broche metálico en la habitación.
—Tienes una semana para pensarlo con la cabeza fría —dijo entre dientes, guardando las joyas en el bolsillo de su abrigo—. Si el próximo lunes no has hecho las maletas, la orden de desalojo administrativo estará firmada por el gobernador de la provincia. No pongas a prueba mi paciencia.