PARTE 2
El silencio que siguió a la llamada de Rubén fue más aterrador que el golpe.
Mariana seguía con la mano sobre el labio, tratando de contener la sangre. Teresa la abrazaba mientras yo no apartaba la vista de mi yerno.
—¿A quién llamaste? —pregunté.
Rubén sonrió con una tranquilidad que me heló la sangre.
—A gente que sabe resolver problemas.
Esteban levantó su cerveza y dio un trago.
—Don Arturo… todavía está a tiempo de quedarse callado.
No respondí.
Conocía ese tono. Lo había escuchado durante años cuando investigaba fraudes millonarios. Era la voz de alguien convencido de que estaba protegido.
Quince minutos después, una camioneta negra se estacionó frente a mi casa.
Bajaron dos hombres vestidos con camisas elegantes. No parecían delincuentes.
Parecían empresarios.
Uno de ellos entró sin siquiera saludar.
—¿Cuál es el problema?