Mateo descendió del automóvil.
No vestía el traje oscuro de la víspera, sino un abrigo gris de corte militar y guantes de piel de cordero.
Su rostro lucía tenso, con sombras oscuras bajo los ojos que delataban una noche en vela.
Caminó hacia la puerta del consultorio con pasos firmes y pausados, sosteniendo en una de sus manos un maletín de cuero italiano y en la otra un estuche alargado de terciopelo azul marino.
El picaporte giró antes de que él pudiera golpear.
Abrí la puerta yo misma, interponiéndome en el umbral con el cuerpo erguido.
—Buenos días, Valeria —dijo él, deteniéndose a un metro de distancia.
Su mirada barrió de arriba abajo mi bata blanca de algodón basto, deteniéndose un instante en mi manga derecha, que colgaba inerte dentro del bolsillo amplio.
Un destello fugaz de culpabilidad ensombreció sus ojos, pero fue rápidamente reemplazado por esa condescendencia aristocrática que dominaba cada uno de sus gestos.